COMENTARIOS: de Carles Tàvec
Durante un arrebato de nostalgia, compré un yo-yo y un trompo que me vendieron dos jubilados. Ellos los habían comprado caro, pero se ve que me vieron cara de «buenudo» y me bajaron mucho el precio. Como no tenía el dinero para pagarles, los dos me hicieron un préstamo por el que no me pidieron recibo ni nada. Confiaron en que yo iba a honrar la deuda. Cuando mi hija llegó a visitarme, vio que estaba jugando con el trompo (una regresión que me da de vez en cuando) y que también había por ahí un yo-yo. Me preguntó de dónde había sacado el dinero para comprarlos porque estábamos a día 15 del mes y a esa altura ya no tenemos ni para un caramelo (cada Media Hora cuesta 75 pesos). Le conté la verdad, pero no me creyó. Me tomó por fabulador, como el personaje de Luis Brandoni en Parque Lezama. Perdido por perdido, le dije que los había encontrado en un contenedor verde. No creo que se haya tragado el sapo crudo; pero me quedé pensando en qué le hubiera dicho a mi hija si en lugar de un yo-yo y un trompo me hubiera hecho de un departamento porque gente dadivosa todavía existe, aunque ya nadie lo crea. Por suerte, estas cosas suceden sólo en mi mente extraviada, ¿no es cierto?

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